El Día Internacional de la Mujer (8M) no es solo una jornada de conmemoración, sino un altavoz imprescindible para denunciar las desigualdades que persisten en el mercado laboral. Para las mujeres que convivimos con la artritis y otras enfermedades reumáticas, la brecha de género se cruza con una barrera a menudo invisible: la cronicidad. Nuestra carrera profesional no solo enfrenta los techos de cristal habituales, sino también el impacto de patologías que condicionan cada minuto de productividad. Visibilizar esta realidad es un ejercicio de justicia social; es entender que el talento no desaparece con un diagnóstico, pero sí requiere de un entorno que no ignore nuestra salud.

El desafío del diagnóstico en la trayectoria profesional

La irrupción de una enfermedad reumática actúa como un seísmo en la vida laboral. No hablamos solo de síntomas, sino de proyectos de vida que se ven truncados o transformados a la fuerza. Asel Momunova lo vivió de la forma más cruda: en 2019, recibió un pronóstico que la situaba en una silla de ruedas por la agresividad de su artritis psoriásica. Aunque hoy camina, el estigma la persigue: «Ninguna empresa necesita a una persona que solicita baja médica», afirma tras haber sufrido varios despidos.

El impacto es diverso pero profundo. Coral Carvajal se vio obligada a abandonar su verdadera vocación y permaneció seis años sin trabajar. Estefanía Romero relata cómo los brotes descontrolados le cerraron puertas en ascensos y renovaciones de contrato. Como bien sintetiza María Jesús Urra, la enfermedad «le cortó las alas a nivel laboral», obligándola a renunciar a su carrera en el sector hotelero para reinventarse como autónoma y encontrar la felicidad dentro de sus nuevas limitaciones.

El día a día: Enfrentando lo invisible

La jornada laboral de nuestras socias comienza con un esfuerzo que el entorno rara vez percibe. María Jesús Urra utiliza el concepto de »batería de salud»: una reserva de energía finita que debe gestionar con precisión quirúrgica, realizando las tareas críticas por la mañana antes de que el agotamiento la anule.

Los retos diarios que enfrentan son una lucha constante contra el propio cuerpo:

  • Dolor punzante y rigidez: Que dificulta desde teclear hasta caminar hacia la oficina.
  • Fatiga crónica: Un cansancio que no se cura durmiendo y que drena la capacidad de concentración.
  • Neblina mental: Una dificultad cognitiva que, según relata una psicóloga en su testimonio, la hace sentirse «mucho más lenta» e incapaz de sostener muchas horas de atención.
  • Impacto del tratamiento: El malestar generalizado tras la medicación, descrito por una técnica de RRHH como un «día cuesta arriba».

Joana Reynés, psicóloga de 34 años que convive con espondiloartritis periférica, explica que «la gestión de la fatiga y la neblina mental es lo más complejo». En su día a día en la consulta, esto se traduce en sentirse más lenta y tener dificultades para sostener largas horas de trabajo continuado. Por su parte, Lucía, logopeda de 34 años con artritis reumatoide, coincide en que su mayor desafío es encontrar el equilibrio y ponerse freno constantemente para no terminar la jornada laboral «hecha un trapo».

Adaptación y resiliencia: Transformando el puesto de trabajo

La supervivencia profesional depende de la capacidad de adaptar el entorno. Estefanía Romero tomó la decisión radical de orientar su carrera hacia el teletrabajo al 100% para controlar su salud. En contraste, Patricia de Sigmaringa vive la frustración de trabajar en una consultora que solo le permite un día de teletrabajo a la semana, aplicándole baremos de productividad que ignoran su discapacidad.

María Fernández, técnica de recursos humanos de 34 años con artritis reumatoide, confiesa que al principio intentaba ocultar su enfermedad por rechazo. Tras sufrir fuertes brotes que la llevaron a una baja médica de dos meses, su cuerpo le dio un «toque de atención», logrando finalmente acordar con su empresa trabajar en modalidad de teletrabajo. En este escenario de resistencia, Laura Sánchez lanza un mensaje de empoderamiento: hay que «ser valiente y no dudar de nuestro valor como profesional a pesar de los brotes».

El entorno laboral: Entre la empatía y la incomprensión

El apoyo de los compañeros es el salvavidas de muchas trabajadoras. Asel Momunova relata la alegría de encontrar en su oficina a otra mujer con su mismo diagnóstico: «Fue una alegría tremenda, nos apoyamos con una comprensión profunda». Sin embargo, la otra cara de la moneda es la hostilidad del sistema.

Lucía Regó señala que, aunque se siente privilegiada por tener un equipo que respeta sus ritmos y dolores, lamenta que la conciliación dependa a menudo de la «buena voluntad de la gente». Advierte, además, sobre la desprotección legal ante necesidades básicas diarias, poniendo como ejemplo la falta de permisos justificados para algo tan vital como ir a casa a guardar su medicación en la nevera.

Autocuidado: El trabajo después del trabajo

Para una mujer con artritis, el fin de la jornada laboral no significa descanso, sino el inicio de una logística de mantenimiento físico. Existe un «trabajo invisible» de autocuidado: Coral Carvajal practica yoga antes de empezar; Estefanía Romero entrena a las 7 AM para ganar energía; y Laura Sánchez acude a fisioterapia y psicoterapia semanalmente.

María Fernández

Estefanía Romero

María Jesús Urra

Patricia de Sigmaringa